viernes, 4 de noviembre de 2016

Otro pueblo

 

Clide Gremiger

Argentina


 “…cuando uno despierta todo está cambiado
y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar.”
Abelardo Castillo

¿Por qué esperé quince años para volver?
Quince años con las tripas en revoltijo, la garganta agriada por el recuerdo que nunca se hacía pasado. “Allí está él”, me dije mil veces como escudo. “¿Y qué?, para otras cosas sí tuviste agallas”, me picaba la conciencia, siempre tan directa, la muy puerca. Del pueblo me fui con la vergüenza adherida hasta en la valija. Por años me sentí sucia, con el olor de la culpa hasta en el pelo. Nunca más me pude enamorar. “¿A lo que tuviste con él, le llamás amor?”, me vuelve a picotear la muy perversa, que no me deja en paz ni en sueño. No sé cómo le llamo. Nunca lo llamé de ningún modo. Ni su nombre me atreví a pronunciar en todos estos años.
En la ciudad, donde nadie sabe nada de nadie, me hice una vida… “¿Una vida?”, me silba, la chillona. Bueno, hice lo que pude. Estudié, trabajé, me compré un departamento en pleno centro… tampoco es que me quedé quieta. “Ajá… Y cuántas personas te visitaron en ese departamento en pleno centro”, me replica. No tengo ganas de responder, pero debo reconocer que tiene razón: nadie me visitó porque no invité a nadie. Fue una vida de estudio y trabajo. Los hombres que intentaron seducirme me parecían estúpidos, insulsos, escasos de neuronas. Si no fuera que ponía siempre la música para no oírla, podría escucharla diciéndome: “¡Ja, no me digas que él tenías las neuronas de un genio!”.
Y los años se fueron escurriendo hasta ayer, cuando me llamaron para avisarme que mi madre había muerto y que después de quince años ignorándome hasta  por teléfono, pidió por mí. Y decidí venir a su velatorio, a enfrentar las miradas de todos los búhos del pueblo. Y al primero que vi fue a él. “Señorita Lidia, ¿cómo está?”, me dijo. ¡Eso me dijo!
“Y qué esperabas. Él tenía dieciséis y vos cuarenta”, me dice la conciencia siempre tan perfecta.



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